En Ruta

Shackleton y yo nos encontramos en la Antártida

lunes, 21 marzo 2016 1093 Views 6 Comments

“Allí termina todo, y no termina:

allí comienza todo:

se despiden los ríos en el hielo,

el aire se ha casado con la nieve”.

‘Piedras Antárticas’, Pablo Neruda.

 

Allí donde no hay nada. Allí, en el sur del sur. Allí donde el blanco pinta todo y se empodera cuando quiere. Allí donde la naturaleza es prístina e inigualable. Allí quise intentar llegar, quise dejar mi huella y que dejara su huella en mí. Quise cumplir una travesía que escuché toda mi infancia gracias a mis padres. Quise seguir los pasos de Sir Ernest Shackleton, explorador irlandés que soñaba con la gloria de ser el primero en plantar la ‘Union Jack’ en el Polo Sur.

Shackleton lo intentó cuatro veces a lo largo de su vida y solo 500 kilómetros le separaron de su sueño polar. En los últimos seis meses, yo lo he intentado cuatro veces y me quedaba cada vez a 1.250 kilómetros. La diferencia está en que mis intentos fueron en avión y los de él, por mar. Mi viaje a la Antártida ha tenido un poco más de esperanza porque los avances tecnológicos están a mi favor. Sin embargo, un común denominador entre nosotros ha sido el clima, que hace y deshace lo que quiere cuando quiere.

En mi cuarto intento de llegar al continente blanco recuerdo que evitaba mirar por la ventanilla del avión a pesar de que el pronóstico indicaba que esta vez sí llegaría un poco más cerca del sur del sur. Además, ya estaba volando por el Cabo de Hornos, más allá de la mitad del camino, lo que prometía mucho.  

 

Primera vista de Isla Rey Jorge, Antártica. / Foto: © Daniela Ruiz - Ruta-B

Primera vista de Isla Rey Jorge, Antártica. / Foto: © Daniela Ruiz – Ruta-B

 

Los aplausos suenan y desde los parlantes se escucha “Bienvenidos a Isla Rey Jorge, Antártica. Hemos aterrizado cuando son las 11:05 horas y la temperatura actual es de 0°C”, dice el Capitán Sita casi sin darme cuenta de que ya estábamos en el Continente Antártico. Los nervios casi no me permiten levantarme del asiento, me tiembla todo, la impresión era demasiado grande: mis pies están a punto de tocar la primera porción de tierra de estos 14 millones de kilómetros cuadrados.

El Archipiélago de la Antártida está cubierto por campos de hielo y glaciares, con numerosos y profundos fiordos. Blanco es sinónimo de Antártida. Verano e invierno son blanco por  igual. La mayoría de las islas son montañosas, el pico más alto se ubica en la Isla Smith con 2.105 metros sobre el nivel del mar. Las islas más grandes son la Isla Rey Jorge  y la Isla Livingston, ambas de 75 kilómetros de largo por 25 de ancho.

No te espera nada ni nadie: ni  edificios, ni contaminación, ni gente, ni animales, nada pero nada. Solo nieve, hielo y más nieve. Tú y el resto de la expedición, estás ahí para soñar, explorar y descubrir un mundo distinto al común. “Mágico e irreal”, fueron las primeras palabras que pude pensar. Seguidas de “desolado y aislado”.

Más tarde, dije “quiero venir a vivir aquí”, mientras el resto reía como si lo que había dicho fuese un chiste. ¿Lo era?

Las sonrisas se van contagiando muy rápido, todos parecemos en un éxtasis surreal por no poder creer que hemos llegado al último pedazo de tierra. El horizonte es lo más cautivador, no te deja de mirar, ni tú de mirarlo a él. Es de esos lugares en que la imaginación puede irse a lo más salvaje, a lo que quizás nunca creíste que era posible ver. Los rayos de sol pegan tan intensamente, y  es tanto su brillo, que te ciegan los ojos y se pierden ahí los azules y grises que pueblan esta indómita tierra.

 

La mayor reserva natural de la Tierra

La Antártida es la mayor reserva natural y el mejor laboratorio de investigación de la Tierra. Más de 40 países llevan a cabo una tarea permanente de exploración y colaboración conjunta, cuyos resultados determinan las políticas que afectan a toda la humanidad. Es, en definitiva, un honor poder conocer un pedacito de su entorno, de lo que se hace aquí y de lo que significa vivir en esta desolada geografía.

 

Villa Las Estrellas, Isla Rey Jorge, Antártida. Foto: Marianne Klock

Villa Las Estrellas, Isla Rey Jorge, Antártida. Foto: Marianne Klock

 


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Como aprendí una vez estuve en tierra firme, no existe una población nativa en este lugar. Solo bases científicas que permiten generar una curiosa comunidad de vecinos que incluso en su historia, ha tenido nacimientos que han llegado hasta los Record Guinness. “Cada persona tiene un trabajo, una tarea que realizar. Nadie puede venir a vivir aquí porque sí”, dice Marianne Klock, la guía a cargo de mi travesía y que además vivió dos años en la Antártida cuando era pequeña. ¡¿Vivió dos años?! Aún me cuesta creerlo. Además, “si algo se quiere cambiar o construir es necesario decidir en conjunto con todos los países presentes en el Tratado Antártico de 1959. Nada se cambia si no hay un consenso”.

El viento no soplaba, la lluvia no caía y el frío no golpeaba mis huesos. Prometía un día como ningún otro en el Polo Sur con el cielo completamente despejado. Muy inusual. Caminamos por el único sendero  establecido, sendero que es la misma calle que separa a la base de Rusia de la base chilena. Un poco más allá está la de Japón, un poco más allá todavía la de Corea del Sur, también la de Argentina y aún más al sur, la de China. Países lejanos en el imaginario colectivo pero que aquí conviven y comparten. “Es muy importante que  las personas que habitan aquí se lleven bien, no solo porque no hay otro sitio dónde ir o porque son pocos, sino porque comparten muchas de las instalaciones que existen, por ejemplo, el gimnasio que se ubica entre la base rusa y la chilena”, nos cuenta la guía de la expedición recordando su propia experiencia vital en este lugar.

De la Antártida templada que alguna vez perdida en el tiempo existió no queda nada. Trasladada por las fuerzas de la Tierra en un viaje de millones de años hasta el Polo Sur, los rayos de sol solo aparecen dos horas en invierno y la oscuridad es la única compañía. En cambio, en verano, ésta se apodera solo por algunas horas dejando a la luz hacer lo suyo.

 

La vida se abre paso

Pero pese a estas increíbles condiciones y todo lo que alguna vez creí de este lugar, existe vegetación que lucha contra vientos y frías temperaturas  para sobrevivir. ¿Vegetación en la Antártica? Sí. Para ser más exactos, el 1 por ciento de este continente está poblado por plantas. Lo interesante es que incluso en las zonas más profundas y en las montañas que se ubican al interior del territorio, es posible encontrar vida. Nunca me imagine que me iba a encontrar con “sectores” verdosos entre las bases. Son escasos, bien escasos, pero los hay. La única especie de vegetación que con cientos de años de esfuerzo ha logrado cubrir pequeñas rocas es el liquen y hoy, tanto guías como habitantes luchan para preservarlo. “Si ven algo verde en el piso, ¡se alejan! No pueden pisar nada verde”, insiste Marianne con vehemencia previniendonos para que nuestro comportamiento no dañe la flora.

Entiendo ahora por qué para Shackleton era tan importante llegar al fin del mundo: en esa época quedaban pocos lugares en la tierra por explorar. El Polo Sur, era el último rincón. Me pregunto si hoy existen lugares inexplorados, vírgenes de todo tipo de invasión humana, nuevas tierras donde el hombre no ha pisado jamás. ¿Quiénes son hoy los exploradores y descubridores del mundo? Quizás por eso mismo ahora la batalla de los grandes exploradores del siglo XXI es el espacio. El mundo nos quedó chico.

 

Isla Ortodoxa Rusa en Isla Rey Jorge, Antártida. / Foto: © Daniela Ruiz - Ruta-B

Isla Ortodoxa Rusa en Isla Rey Jorge, Antártida. / Foto: © Daniela Ruiz – Ruta-B

 

La piedra, evidentemente, ya no es el único refugio en este lado del mundo. En pocos pasos ya se ven las instalaciones del hombre, tan fuertes que pueden sobrevivir cualquier tipo de obstáculo climático. De hecho, desde la distancia se observa imponente y fuerte, la iglesia ortodoxa rusa que llegó a la Antártica en el 2003 y que fue construida en Altay, Rusia. Desde lejos es simple, muy rústica. Dentro se esconden sus cadenas de acero, que luego de dos años han logrado mantenerse firmes en la tierra antártica. Es hermosa a la distancia pero es aún más bella por dentro, acogedora por su reducido espacio e impresionante por el bañado en oro. Un ejemplo más de lo surreal que puede ser el continente blanco.

La vida en este lugar te transporta a una era paralela. La conectividad es escasa – ¡qué bueno!- y la entretención está en la nieve, en el trabajo y en la nieve nuevamente. Si no amas lo que haces, tu vida aquí será muy difícil, y aburrida, por cierto. Supongo que eso se puede trasladar a cualquier otro tipo de trabajo en el que estés, solo que aquí cuentas con las condiciones más extremas del mundo y no tienes con qué distraerte ni para dónde ir. Los pocos niños que hay a esta altura del año juegan en la nieve preparándose para el invierno que se viene con aún más nieve. Solo dos canales de televisión: uno chileno y otro ruso. Evidentemente, prefieren jugar al aire libre cuando el clima lo permite.

Mientras caminas por la Villa Las Estrellas te cuestionas ciertas cosas , sobre todo cosas cotidianas. Por ejemplo, ¿cómo funciona la calefacción? Es eléctrica. ¿Las familias pueden venir con hijos? Sí, pero no más de tres. ¿Y la basura? La Antártica es el lugar más limpio de la Tierra  porque no existe basura. Literalmente. Toda la basura que el hombre crea debe ser extraída del Continente Antártico y trasladada a Punta Arenas (Chile) porque cualquier residuo puede afectar las investigaciones científicas.

A pesar de todas estas instalaciones y avances, la Antártida sigue siendo desolada, aislada, y el látigo del Polo Sur sigue silbando con intensidad cada vez que quiere. Así lo siento cuando la naturaleza virgen se presenta aún más al trasladarnos en zodiac a la Isla Ardley.

 

Entre pingüinos

Se empiezan a distinguir puntitos negros entre las piedras grises cuando pasamos la primera isla. Desde la costa, estos puntos saltan por el agua regresando a la orilla. El día de pesca ha terminado. Otros, acostados descansando tomando sol, otros pelechando y transformándose en adultos. Al acercarnos, estos puntitos toman forma de pingüinos Papúa que gozan de esta isla. Se percibe una convivencia perfecta aunque la skúa revolotea por ahí buscando bebes pingüinos para alimentarse.

No más de diez personas pueden bajarse a la vez y solo hay un pequeño sendero permitido para caminar. “Prohibido tocar, ni menos alimentar. Si te sientas tranquilo en las piedras ellos se acercarán, porque son curiosos, pero está estrictamente prohibido tocar”, nos explica Marianne.

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De pronto muchos de los pingüinos que disfrutaban en el agua, nadan y corren con energía hasta a la orilla. ¡Una foca! Era correr por su vida o perderla. No vi a ninguno caer en las fauces del  animal, eso hubiera sido una excelente anécdota sobre la vida salvaje. Solo animales invertebrados viven en el continente Antártico todo el año. Estos puntitos van a emigrar eventualmente a mejores territorios.

Antártica dejó su huella en mí. Entiendo lo que significa estar en un lugar nuevo y desconocido, pero éste, específicamente éste, lo llevaré conmigo como  ningún otro. Para muchos, y me incluyo, la Antártida sigue siendo uno de esos lugares más puros, desconocidos, misteriosos e inaccesibles del planeta. De hecho, exploradores del siglo XXI como el reciente fallecido Herry Worsley y el español Ramón Larramendi, ven a este continente como digno de expediciones intensas. Vale la pena dejar todo para afrontar un mundo salvaje y virgen con el que todos alguna vez hemos soñado.

“¿Quieres venir mañana de nuevo, Dani?”, me preguntan en el avión de regreso. Mi cara se ilumina y no puedo esconder la sonrisa en mi rostro. Al día siguiente repetí mi travesía en el Polo Sur junto a mi madre, que habiendo crecido en Puerto Natales jamás se imaginó que esto era posible. Pero, esa es otra historia.

 


Agradecimientos

  • Andrés Pivcevic, Presidente Aerovías DAP por su gestión y amabilidad para poder realizar este viaje.
  • Catalina Navarrete de Aerovías DAP, por la coordinación y constante preocupación para lograr el viaje en esta temporada.
  • Marianne Klock, guía turística de la expedición a la Isla Rey Jorge, Antártida que con su hermoso talento fotográfico logró captar para siempre mi momento en el continente blanco.
  • Aerovías DAP por entregar un servicio de calidad en la región y que permite a la Patagonia estar conectada entre sí.

 

Daniela Ruiz

Periodista que descubrió su pasión por viajar a los 14 años cuando hizo su primer viaje sola. Desde ahí que no se queda quieta y cada cierto tiempo sale a descubrir nuevos lugares. No puede salir de viaje sin su frazada tie dye de polar, ni su collar de mundo con un ángel. Uno de sus mayores pasatiempos es hacer brownies y escalar. Sueña con algún día conocer la tierra de sus ancestros Croacia y el continente de hielo, Antártica.

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6 Comments

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  3. Algunas fotos de ese magnifico viaje al fin del mundo, felicitaciones por el reportaje

    https://wildpatagonia.smugmug.com/Antartica/

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