En Ruta

La ‘ruta de la Muerte’ en dos ruedas

lunes, 04 enero 2016 1161 Views 0 Comments

La verdad es que cuando mi amiga Camila me invitó a pasar unos días en Bolivia, jamás pensé que terminarían así. El plan original era perdernos en un pueblo altiplánico de este hermoso país, relajarnos y olvidarnos de todo por unos días. Pero por motivos meteorológicos, nuestro destino cambió y así todos nuestros panoramas. Desde La Paz, tomamos una pequeña van que en dos horas y media nos llevó, entre valles, a un pequeño pueblo llamado Coroico.

Siendo honesta, jamás había escuchado de este lugar pero Camila había dedicado tiempo a investigar nuestras mejores opciones y yo confiaba (y sigo confiando) plenamente en su criterio. ¡Era el momento de salir a explorar!

LaRutaDeLaMuerte

La Ruta De La Muerte

“¿Queremos saber cómo hacer la Ruta de la Muerte desde acá?” escuchamos preguntar a un turista mientras nosotras esperábamos nuestro turno en el centro de informaciones. Los ojos de Camila se iluminaron y los míos estaban pegados en las fotos de unas increíbles piscinas naturales que cubrían las paredes.

Camila escuchó todos los detalles y esperaba que yo, saltara de emoción para hacer esta aventura con ella. Sin embargo, la idea de andar en bicicleta por 6 horas no me fascinaba tanto… aunque había algo en este panorama que me inclinaba a abandonar mis dudas y, simplemente, hacerlo. Fue uno de esos momentos que en tu mente dices “YOLO” (Solo se vive una vez). Y así fue.

La Ruta de la Muerte, también conocida como Death Road, es considerada como una de las más peligrosas del mundo. Algo lógico si pensamos que su parte más angosta solo mide 3,5 metros de ancho y durante todo el trayecto tienes como acompañante un precipicio. Un precipicio precioso, eso sí. Este camino fue construido hace décadas entre las montañas para unir La Paz con el pueblo de Coroico. En la actualidad existe otra ruta, pavimentada, que une estos dos lugares, pero si no está en condiciones, los vehículos deben regresar a este intrincado camino de piedras de un solo carril, con constantes derrumbes de rocas y pequeñas cascadas agua cayendo desde la montaña cada rato. ¿Cómo suena esto para ti? A mí me dejó con la guata en la boca y los dientes apretados dudando todo lo que estaba a punto de hacer.

Con Camila dejamos de cuestionar todo, nos miramos y decidimos finalmente que debíamos hacerlo.  Arriesgar un poco nuestras vidas vale la pena cuando quieres contar la mejor historia de todas, ¿cierto?

Casi sin darme cuenta la adrenalina ya se estaba apoderando de mi cuerpo. ¡Y aún ni siquiera estaba arriba de la bicicleta! De hecho, todavía no habíamos encontrado a la única persona en Coroico que permite realizar el tour.

Finalmente a las 9 de la noche, Marcelo, nuestro guía, apareció para indicarnos los detalles de nuestra expedición. “Saldremos a las 08:30hrs y regresaremos a lo que logremos bajar vivas”, dijo entre risas. Marcelo era un joven simpático, lo que nos transmitía confianza. Camila y yo acordamos que íbamos a bajar con calma y nos repetimos una y otra vez que lo que importaba era llegar a los pies de la montaña sin ningún rasguño. No obstante, y como es lógico, hubo un par de momentos en que mi hormona epinefrina se activaba como si fuera la dueña absoluta de mi ser.

 

El inicio del descenso

Comenzamos la ruta a 2.750 metros de altura. Desde aquí se veía cómo el camino angosto bordeaba las montañas y se perdía en cada curva. No sabíamos qué nos esperaba tras los primeros metros de descenso pero, llegadas a este punto, ya no había vuelta atrás: debíamos empezar a bajar.

“Deben mantener la izquierda durante todo el tiempo para que los autos puedan pasar y maniobrar sin problema”. Tengo esas palabras de Marcelo grabadas a fuego en la memoria, y no porque fueran, grosso modo, todas sus indicaciones, sino porque encerraban una realidad aterradora: ¿Realmente me quiere decir que debo estar al borde del precipicio mientras conduzco en descenso con la posibilidad de resbalar en cualquier momento? No podía creerlo, pero tenía sentido dado que por mucho miedo que nos diera maniobrar de esa manera, debíamos acatar las órdenes de tránsito de este lugar.

Comenzamos a escuchar nombres que no ayudaban demasiado. “Mirador del Diablo”, “Curva de la Muerte”, “Puente del Diablo”, “Cerro Rojo”. ¡Vamos! ¿No podían poner nombres más tranquilizadores? El descenso y el precipicio eran suficientes para mantenernos a todos en suspenso. Mi confianza para andar en bicicleta en esos momentos comenzaba a tambalearse.

En la ruta de la muerte mirando a Coroico

En la ruta de la muerte mirando a Coroico

Iniciamos el pedaleo. Muchos podrán pensar que es sencillo. Claro, en asfalto debe ser muy fácil pero cuando tienes que sortear piedras grandes a cada momento y rebotas como una pelota saltarina la cosa no es tan sencilla. De hecho, me costó agarrar la técnica: parada y soltando el freno de vez en cuando para dejar “volar” a la bicicleta, esa parecía la única manera de no sentir los golpes del asiento.

Los frenos, en definitiva, se convirtieron en mi mejor aliado. De ellos dependía toda esta travesía y claramente, mi (nuestra) vida. Ahí estaba primera en la fila marcando el camino. La adrenalina se apoderaba de mí y quería agarrar más vuelo. Pero después, un suspiro de temor hacía que apretara los frenos queriendo bajar la velocidad. Así me lo pase la mayor parte del tiempo, entre la adrenalina y el miedo constante.

De vez en cuando hacíamos un alto para refrescarnos o sacar fotos. Había lugares claves como el “Balconcillo” donde la estampa era, simplemente, espectacular. Dicen que el paisaje que acompaña es hermoso, pero la verdad es que solo tenía ocasión de disfrutarlo cuando parabamos. Mientras hacíamos el descenso, mis ojos estaban clavados en el camino, en las piedras y en cómo evitar cualquier tipo de accidente.

Llegamos a la cascada de San Juan y Marcelo nos hizo detenernos. Nos comentó que en épocas de lluvia (noviembre a marzo) aquí casi no se puede ver. Por eso es el sector más difícil y porque, además, es el sector más estrecho. En ese momento, mi bicho aventurero me picó y deseé que fuera pleno enero para que la experiencia tuviera aún más riesgo. Pero quizá para mi suerte y la de mis padres en Chile, el agua que caía no era tanta. Lo suficiente como para permitirnos ver las piedras y hacia dónde iba el camino.

“¡Woooow!” exclamó Camila con entusiasmo. “Ya po Dani, cómo tan fome, grita algo para el video”. La verdad es que quería hacerlo pero mi concentración era extrema. Cualquier movimiento en falso podía terminar en accidente. Empecé a tomar velocidad de nuevo y, sin darme cuenta, a dejar atrás a Camila y a Marcelo.

 

El camión

Estaba sola, tenía el absoluto control de la bicicleta y sentía que empezaba a dominar esta ruta. Deje de rebotar, deje de tener miedo y confiaba plenamente en estas nuevas habilidades. Sentía que volaba, sentía la brisa que golpeaba mi cuerpo dándole un poco de frescura y escuchaba como las ruedas se deslizaban en cada curva. Hasta que de pronto…

“¡Detente! Viene bajando un camión”, me gritan a todo pulmón. Intenté frenar con calma pero los nervios me jugaron una mala pasada. Freno en seco y la rueda trasera derrapa hacia la izquierda. Mi corazón se detuvo unos segundos viendo que mi rueda había llegado al borde de la ruta. La bicicleta casi cae al vacío y yo… quién sabe dónde estaría si no hubiera sido por unos milímetros.

El camión pasó con calma, evitando cualquier movimiento arriesgado. Ahí me di cuenta de que para ellos esto sí que es una misión de vida o muerte. ¡Diaria! Pasan rozando los límites del camino, pero como pudimos descubrir, tienen un talento innato para conducir en condiciones.

Seguimos descendiendo, ya sin mayores sobresaltos. Finalmente terminamos esta aventura a 1.070 metros de altura. El sol se encargó de quemar mis hombros. Mis muñecas y antebrazos terminaron con un dolor extremo por haber sostenido el manubrio, los frenos y todo mi cuerpo en altura y en tensión. Pero todo valió la pena.

Realmente se trata de una experiencia para no olvidar, que cumple con todos los requisitos para coronarse como una verdadera hazaña. Y aunque nunca hubo una sensación de peligro extremo, tal y como me lo imaginé al principio, solo con recordar cómo es para autos y camiones, se me ponen los pelos de punta.

 

Ruta-B Roosevelt

 

Quizá esta travesía no es para todos los públicos, pero para aquellos que les pica el bicho de la adrenalina es una de aquellas que no te puedes perder. Y tú, ¿te atreves?

Encuentra todos los detalles para realizar ésta aventura en Ruta-B y compártelos con tus amigos.

Daniela Ruiz

Periodista que descubrió su pasión por viajar a los 14 años cuando hizo su primer viaje sola. Desde ahí que no se queda quieta y cada cierto tiempo sale a descubrir nuevos lugares. No puede salir de viaje sin su frazada tie dye de polar, ni su collar de mundo con un ángel. Uno de sus mayores pasatiempos es hacer brownies y escalar. Sueña con algún día conocer la tierra de sus ancestros Croacia y el continente de hielo, Antártica.

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