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Chiloé: el archipiélago mágico de la Patagonia

lunes, 09 mayo 2016 724 Views 0 Comments

Existe un lugar tan verde, tan lluvioso, con tanta mitología, aguardientes y mariscos, que los primeros españoles que pisaron sus costas no dudaron en bautizarlo con el nombre de Nueva Galicia, como si trasgos y meigas hubieran viajado 12.000 kilómetros para convertirse en traucos y pincoyas. Como parte de la magia y el sincretismo de este lugar, baste decir que no es uno ni trino, sino un archipiélago entero cuyos fiordos, como sus iglesias, reflejan un universo de colores desconocidos.

Chiloé, tanto su isla grande como el resto de sus islotes, conserva repartida entre sus territorios la autenticidad que muchos no son capaces de encontrar en otras latitudes chilenas. Tierra de lanas, de mingas, de estufa de leña y de salmones, la Patagonia insular ha permanecido concentrada en sus labores tradicionales ajena al girar del mundo con una inmutable perserverancia y siempre ajena a los grandes focos de la actualidad de cada momento.

Pese a su cercanía con el continente nadie ha conseguido convencer a los chilotas de la necesidad de construir un puente entre orillas por lo que los canales marítimos se han convertido en la primera trinchera a salvar. No hay muchas opciones, de hecho, hay dos: o dar el salto en avión o hacerlo en trasbordador, siendo la segunda la más habitual entre propios y extraños. Este primer contacto con el salitre es ya un claro indicativo de lo que está por venir.

Muchos viajeros llegan hasta Ancud, la primera ciudad tras abandonar el ferry, y desde ahí se mueven en base a excursiones y tours privados. Otros prefieren hacer de Castro, la capital, su cuartel general. Y hay quien busca el lado más rural y agreste del archipiélago en pequeñas localidades o alojamientos familiares. Sea como fuere, todos los rincones de Chiloé están comunicados por minibuses que facilitan las labores del viajero. Eso sí, fuera de la temporada alta (septiembre, diciembre, febrero y marzo), no cuente con encontrar una gran actividad turística, sino más bien todo lo contrario, para bien y para mal. A continuación, las pistas y datos para sacar a relucir todo el encanto de Chiloé sin perder un ápice de autenticidad.

La pesca es fuente de riqueza en Chiloé. / © A. F. RECA

La pesca es fuente de riqueza en Chiloé. / © A. F. RECA

 

Lago Huillinco. / © A. F. RECA

Lago Huillinco. / © A. F. RECA

Entre iglesias y palafitos

Castro es la capital de la isla grande y su principal ciudad con el permiso de Ancud. Se ubica en el centro del rectángulo que asemeja la isla en el mapa y es allí donde se mantienen firmes los famosos palafitos que protagonizan el 99 por ciento de las estampas de Chiloé. Se trata de singulares edificios construidos a mitad de camino entre mar y tierra y sostenidos por fuerte pilares de madera que los elevan sobre el agua. La recuperación de esta arquitectura tradicional encuentra su mejor expresión en el barrio de Gamboa, donde los palafitos con más solera y color de la isla no sólo se mantienen firmes sino que están siendo rehabilitados como hostales, hoteles y restaurantes, generando un importante revulsivo económico para esta zona. Claro que hay más palafitos en Castro, siguiendo la costanera o a la entrada de la ciudad, por ejemplo, cualquiera puede quedarse embobado viendo el ir y venir de las mareas subiendo y bajando entre los pilares como el agua de la fuente que se escapa entre los dedos de una mano.

El arte de los palafitos es solo un primer hito en el buen hacer constructivo de los chilotes. Chiloé también es conocido mundialmente por sus humildes pero coloristas e ingeniosas iglesias católicas. Se reparten por todos los rincones del archipiélago y algunas datan del siglo XVIII. Fueron los jesuitas quienes comenzaron a levantarlas en pleno proceso de cristianización de las colonias españolas en el nuevo continente y pronto se convirtieron en un elemento esencial de la idiosincrasia chilota. 16 de ellas han sido declaradas patrimonio mundial por la Unesco y conocerlas una a una se ha convertido en uno de los grandes entretenimientos de los foráneos que llegan hasta este archipiélago. Todas mantienen una estructura similar en la que la madera ejerce al mismo tiempo de ladrillo, teja y cemento. Visitar su interior no es sencillo, especialmente fuera de la época estival (enero, febrero y marzo). “No insistan”, se puede leer en alguna puerta.

Castro puede convertirse en un cuartel general perfecto para recorrer la zona. Alojarse en un palafito puede incluso no resultar excesivamente caro (Palafito Hostel), aunque también puede uno darse el gusto de quedarse unos días como propietario único de una suite de ensueño (Mi Palafito Suite). Ese particular estilo constructivo impregna todas las islas y es un elemento distintivo de estas latitudes fácilmente identificable. Las viviendas particulares mantienen la madera como protagonista de paredes, suelos y techos, y siempre se construye sobre pilares. De hecho, este sistema permite, aunque parezca imposible, que se puedan transportar. Todo en Chiloé se puede transportar de hecho, tanto casas como iglesias como barcos. Hacerlo es un evento digno de ver y que se ha dado en llamar ‘minga’. Pregunte.

Chonchi, en la isla grande de Chiloé. / © A. F. RECA

Chonchi, en la isla grande de Chiloé. / © A. F. RECA

Palafitos de Gamboa, Castro. / © A. F. RECA

Palafitos de Gamboa, Castro. / © A. F. RECA

 

Saboreando el archipiélago

Entramos en temas mayores. La gastronomía chilota debería ser un asunto de Estado para Chile, aunque desgraciadamente cada día vemos que todavía está lejos de tomarse en serio por parte de las administraciones. Un error que se pagará caro en un futuro quizá no muy lejano. Los productos del mar son sin duda alguna la punta de lanza de la carta de recomendaciones, pero se complementan con carnes de primera y frutas y hortalizas tan endémicas como deliciosas.

Los chilotas miran siempre al mar. Siempre. Allí nacen sus más sabrosos sustentos, los mariscos y pescados. Las ostras de Chiloé cada día son más codiciadas. Pequeñas y sabrosas, con un característico borde negro en la concha, no son fáciles de encontrar y en demasiadas ocasiones se confunden (conscientemente o no) con sus primas japonesas, pero no deben dejar de buscarse por restaurantes y mercados. En el mercado de Castro, por ejemplo, pueden encontrarse extremadamente frescas en un solo puesto, el de Rodrigo (quien, por cierto, colecciona monedas del mundo por lo que apreciará que le regalé alguna que no tenga ya). Media docena, abiertas en vivo y en directo, pueden costar la friolera de mil pesos. Un lujo.

Fuera de la capital, hay que cruzar (en barca, claro) a la isla de Quimchao y dirigirse sin demasiados preámbulos a la localidad de Curaco de Vélez. Al menos eso es lo que se suele indicar a los visitantes, aunque lo cierto es que si usted llega hasta allí y lo hace fuera de época se encontrará un desolador paisaje que no incluye bivalvos y el único restaurante que las ofrece estará cerrado a cal y canto. Un dato, en la carretera, antes de llegar a Curaco, tome un desvío a la izquierda siguiendo un sobrio cartel que anuncia ostras. En efecto, allí habrá ostras frescas todo el año y una de las mejores y más entrañables conversaciones posibles. Los choritos y los mejillones, los erizos, las machas y las almejas, así como los piures y los locos, son otros de los mariscos más cotizados del lugar. De todos ellos encontrará representación en mercados y ferias a lo largo del archipiélago y, por supuesto, en las cocinas alrededor de las islas.

Sin salir del mar, los pescados merecen también un capítulo especial. El salmón es el rey de Chiloé y la merluza austral, la reina. La industria salmonera de la zona es una de las más importantes de la región y sus exportaciones llegan a todo el globo. En la actualidad están en el ojo del huracán por su presunta mala praxis, que podría ser mortal para el ecosistema de la zona, pero al margen de polémicas, lo cierto es que el salmón chilota es muy apreciado. Sobre el terreno es justo y necesario probarlo ahumado, el restaurante Nueva Galicia prepara el suyo propio siguiendo viejas recetas, o cocinado en mantequilla. En el restaurante Mar y Canela, especializado en el uso de productos orgánicos y locales, es un buen ejemplo de cocina fusión en la isla grande.

 

Mercado tradicional de Castro. / © A. F. RECA

Mercado tradicional de Castro. / © A. F. RECA

 

Las cocinerías son quizá el mejor lugar para encontrar comida casera abundante a buenos precios. Son pequeños establecimientos donde se alimentaban los marineros y hoy dan cobijo también a visitantes y almas hambrientas. Aquí es posible probar platos no tan sofisticados y más al estilo popular pero sin desmerecer y con un considerable ahorro para el bolsillo. Las principales cocinerías se ubican en Ancud y Castro, siempre a un costado de sus respectivos mercados. Las cazuelas tradicionales con productos del día son el plato a perseguir. Las empanadas pueden llegar a medir más que un brazo. Ojo, en estos locales, como en casi todos los establecimientos de comida al paso de Chile, abusan sin compasión ni remedio del queso mantecoso fundido. Ejemplo, el cancato de salmón . Quedas advertido.

Finalmente, el curanto. Un signo de identidad de las islas. Una reverenciada tradición que quizá tenga más de marketing que de sustancia en la actualidad. Muchos lugares se han especializado en la preparación del curanto, aunque más bien preparan un show para recién llegados con algo de carne y mariscos. La consistencia de este plato es tan básica que es complicado que este malo, pero también que sea exquisito. Es una elaboración centenaria y simple: en un hoyo en la tierra (mucho ya lo hacen en olla) se colocan piedras calientes sobre las que se sitúan carnes y mariscos. Todo se tapa con hojas y tierra y se deja cocinar durante varias horas.

El apartado gastronómico no puede cerrarse sin mencionar sus papas. Se calcula que hay más de 300 tipos diferentes de patatas en Chiloé. Cada una con su color y su sabor. En los principales mercados se pueden ver las diferencias e incluso se puede comprar una malla con papas variadas. Acompañan a casi todos los platos que se precien y son la base de múltiples preparaciones como el milcao, un clásico chilote.

Y en una tierra huérfana de vino, el apartado de bebidas hay que completarlo con la elaboración casera de licores y aguardientes. El licor de oro de Chonchi es probablemente el más conocido aunque una vez más no es fácil de encontrar. Se trata de un destilado de uva añejado con hierbas que se prepara todavía hoy con recetas de la época de la colonia. Doña Rosa es la productora más veterana de las islas aunque no cuenta con tienda física donde comprar sus aguardientes (tiene un catálogo más que abundante de sabores y tipos que elabora desde hace más de 50 años). El viajero tendrá que ir a su encuentro. Es decir, a su casa: puede preguntar en el pueblo o fiarse de nosotros y tocar el timbre de Centenario 196. Sí, donde la zapatería. Allí, Doña Rosa le regaloneará con una pequeña cata de sus más preciados brebajes y si tiene suerte, con una prueba de su exquisita chicha de manzana. Pura autenticidad para beber.

Doña Rosa elabora licores desde hace 50 años en Chonchi. / © A. F. RECA

Doña Rosa elabora licores desde hace 50 años en Chonchi. / © A. F. RECA

 

En busca de la magia

Pocos lugares en el mundo hay donde en un simple paseo se pueda topar con una especie en peligro de extinción como el Pudú. La Isla Grande de Chiloé es uno de ellos. Cerca de la cascada de Tocoihue se pueden ver, pero es mejor no decirlo muy alto para no asustarles. La naturaleza en todo el archipiélago no solo es notoria, sino que es persistente y entrometida. Salvaje. Pero sus encantos quedan al descubierto en espacios como el Parque Nacional de Chiloé, cerca de Cucao, donde es posible adentrarse en la tupida malla vegetal de la isla y conocer de cerca todos sus secretos. También el menos transitado Tantauco, al sur de la isla, cerca del final de la mítica Ruta 5 (Panamericana) en Quellón, ofrece paisajes inverosímiles. En ambos se puede acampar y sus rutas de senderismo, en especial en el segundo, pueden alargarse durante varios días.

Cerca de Ancud puedes salir al encuentro de los siempre simpáticos pingüinos. Viven un Puñihuil, otra de las reservas naturales de la isla grande. Desde allí se puede tomar una barca para ir mar adentro en busca de ballenas, una actividad que también debe hacerse en temporada alta.

Cerca de Cucao, en dirección opuesta al parque, se accede a un sendero muy particular, el que conduce al Muelle del Alma, una de las estampas más reconocibles de la isla, un evocador muelle de madera varado en mitad de la ladera de una montaña. En realidad se trata de una escultura alegórica del mito chilota del balsero, según la cual cuando una persona fallece, su espíritu debe llegar hasta este punto y llamar al Tempilkawe quien acudirá en su balsa de espuma y se hará cargo del traslado de su alma a cambio de un puñado de piedras preciosas. Este lugar, un santuario apócrifo, el mejor símbolo del sincretismo que rodea las islas, es preferible conocerlo en soledad por lo que es recomendable iniciar el trekking pronto en la mañana (para intentar llegar con algo de fantasmagórica niebla) o al atardecer.

Toda la zona está repleta de historias, mitos y leyendas. Muchas veces chocan con la preponderante religiosidad de los chilotes pero, por suerte, no siempre es así. Si hacemos caso a estas historias, en los alrededores de un pueblo llamado Quicaví se ubica una cueva muy especial, centro del poder esotérico de la isla y de la Recta Provincia, el consejo de brujos que la gobiernan en la sombra. Puedes intentar llegar hasta ella pero los lugareños no te lo pondrán fácil, pues negarán una y otra vez su existencia. Una señal inequívoca más de que en Chiloé la magia está presente a cada paso.

Muelle de las Almas. / © A. F. RECA

Muelle de las Almas. / © A. F. RECA

Muelle de las Almas. / © A. F. RECA

Muelle de las Almas. / © A. F. RECA

 

Alfonso Reca

Periodista vocacional. Viajero empedernido. Y viceversa. Le gusta llevar la contraria, lanzarse en bomba a las piscinas y usar calcetines de rayas. Foodie con úlcera, cata vinos al por menor y mal cantante.

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