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Isla Mocha: Llamas en el mar de Moby Dick

martes, 13 septiembre 2016 1081 Views 0 Comments

Foto superior: Luis García Oteiza

 

Poca gente sabe que la famosa ballena albina que Herman Melville inmortalizó no se llamaba Moby Dick sino Mocha Dick. El cambio de nombre fue una licencia que el autor se tomó para acercar su historia al público angloparlante. En realidad, fue un viajero norteamericano llamado J.N. Reynolds, el primero en relatar la encarnizada lucha de los marinos contra este “viejo cachalote, de prodigioso tamaño y fuerza… blanco como la lana”. El animal fue nombrado así por un pequeño islote de origen volcánico ubicado a 35 kilómetros de la costa chilena, por cuyas aguas acostumbraba a dejarse ver.

Isla Mocha, que así se llama este recóndito pedazo de tierra de menos de 50 kilómetros cuadrados, es quizá uno de los rincones menos conocidos de la larga geografía chilena pero sin duda alguno, uno de los más sorprendentes. A su pasado ballenero es justo sumarle otro pirata y, antes que éste, otro indígena lafkenche (mapuches de la costa). La cosmovisión mapuche otorgó un lugar muy señalado a esta isla como un centro ritual al que se referían en mapudungún como ‘Amuchura’, que significa “resurrección de las almas”. Hasta aquí transportaban a sus muertos para que emprendieran el viaje al más allá.

Este pueblo originario, que logró mantener a raya a los conquistadores españoles, también luchó contra los corsarios que pululaban por sus costas en busca de guaridas para sus tesoros. Cuenta la leyenda que fue en este islote donde un indígena le procuró nada menos que a Sir Francis Drake su característica y profunda cicatriz en el rostro en una pelea. Bucear en busca de las decenas de pecios y naufragios, quien sabe si de tesoros, olvidados en las cercanías del rocoso islote es una actividad excitante.

 

Un ecosistema “irreemplazable”

La isla estuvo deshabitada durante casi dos siglos, lo que entre otras cosas, ha permitido que llegue a nuestros días prácticamente virgen, salvaje. De hecho, casi todo el islote está cubierto por un frondoso y húmedo bosque poblado por especies vegetales nativas tales como olivillos, chilcos, arrayanes, ulmos, canelos y boldos. En sus copas y raíces también reside una populosa fauna autóctona entre la que destaca el centenar de especies de aves, entre ellas la fardela castellana, en peligro de extinción. Caminar por este bosque de tipo valdiviano es conectar con la naturaleza más brutal y milenaria. Hace unos meses una expedición científica logró documentar una especie de ratón que se creía extinta desde hace más de medio siglo. No en vano, un proyecto multinacional de conservación de hábitats ha destacado a este lugar como uno de los “sitios irreemplazables del planeta”.

Una senda circular de tierra y conchas marinas es el único camino que existe en la isla. Un vetusto pero hermoso sendero atraviesa la isla a través del bosque y conecta el norte con el sur como un atajo natural para los pobladores. No es posible transitar por toda la isla en vehículo a motor, por lo que las carretas tiradas por caballos ejercen de primitivos ‘taxis’ para los pocos aventureros que se adentran en Isla Mocha y se han convertido en uno de sus símbolos. Sólo existen dos alternativas para llegar hasta este rincón perdido del mundo: en avioneta (10 minutos aprox.) o en lancha desde la pequeña caleta de Tirua, en la región chilena de Biobio. Las duras condiciones climatológicas de la zona, especialmente en invierno, hacen que sea ciertamente sencillo quedarse aislado en la isla sin poder regresar al continente.

 

Una avioneta llega con suministros y pasajeros a Isla Mocha. / Luis García Oteiza

Una avioneta llega con suministros y pasajeros a Isla Mocha. / Luis García Oteiza

 

Isla Mocha fue refugio de piratas como Sir Francis Drake. / Luis García Oteiza

Isla Mocha fue refugio de piratas como Sir Francis Drake. / Luis García Oteiza

 

Una senda atraviesa el bosque milenario de Isla Mocha. / Luis García Oteiza

Una senda atraviesa el bosque milenario de Isla Mocha. / Luis García Oteiza

 

Panorámica del interior de Isla Mocha. / Luis García Oteiza

Panorámica del interior de Isla Mocha. / Luis García Oteiza

 

La vida en la isla no es sencilla para sus habitantes, que relatan cómo actividades cotidianas como hacer la compra o arreglar una ventana, se convierten en toda una odisea por la falta de medios. Una cotidianidad que los mochanos asumen con buen humor, como cuando explican cómo se transporta un féretro desde o hasta la isla en una avioneta sensiblemente más pequeña que la caja. “Hay que desmontar todos los asientos e incluso las puertas, algunas veces el piloto tiene que ir sentado en sobre el finado. Pero es lo que hay”, explica Darwin Varela, uno de los maestros de la pequeña escuela que se mantiene abierta en la isla. Se ubica en la zona norte, junto a una escueta posta médica atendida por una enfermera, un retén de Carabineros con siete efectivos por turnos. Todos ellos acuden diariamente a almorzar a casa de la señora Marina, la madre de Darwin, en cuyo comedor siempre hay sitio para propios y viajeros y para largas y entretenidas conversaciones. Ella fue, junto a su marido Iván, una de las primeras en ofrecer alojamiento familiar en la isla, actividad con la que consiguió superar una depresión y que hoy la mantiene con una sonrisa continua en el rostro.

 

La vida mochana

Hace unos años abrió sus puertas el primer y, hasta la fecha, único hotel de la isla, un pequeño lodge, pero la práctica totalidad de las familias que allí habitan no tienen inconveniente en abrir las puertas de sus casas a quienes busquen refugio y comida caliente. Además, en verano está permitido acampar en las desérticas playas de la isla. Tradicionalmente los mochanos, unos 600 en la actualidad, dedican su tiempo mariscar, criar ganado y recolectar algas marinas. El turismo comienza a vislumbrase como una actividad próspera, pero la falta de infraestructuras dificulta su desarrollo. No hay todavía bares ni restaurantes, ni comercios más allá de un par de pequeños mercados en los que los lugareños llenan, como y cuando pueden, sus despensas. Solo una compañía ofrece señal de telefonía y datos en algunas zonas de la isla: “Al doblar el ciprés que está en el camino, junto al faro nuevo, comienza la cobertura”, explican. Hay dos faros en la isla. El faro viejo, icónico como sacado de una historieta de Tintín y abandonado, es el hito arquitectónico más conocido y preside desde un peñasco la enorme y solitaria playa del sector sur.

Sin embargo, y como colofón, Isla Mocha cuenta con una peculiaridad que la hace casi única en el planeta y que se ha convertido en su gran reclamo, con permiso de todos los anteriores: bolsas de gas natural se acumulan en su subsuelo y salen a la superficie con las mareas bajas. Un burbujeo en el mar es la señal inequívoca de que hay gas, y los lugareños no dudan en acercarse hasta estas chimeneas naturales provistos con una antorcha para prenderlas. El mar se enciende, literalmente, en llamas, sobre las que es incluso posible cocinar. Este fenómeno es especialmente impactante durante las noches, cuando el mar arde de forma vistosa durante horas en varios puntos de la playa.

 

Un camino recorre todo el litoral de la isla. / Luis García Oteiza

Un camino recorre todo el litoral de la isla. / Luis García Oteiza

 

El ecosistema mochano se considera "irreemplazable". / Luis García Oteiza

El ecosistema mochano se considera “irreemplazable”. / Luis García Oteiza

 

Almuerzo comunitario en Isla Mocha. / Luis García Oteiza

Almuerzo comunitario en Isla Mocha. / Luis García Oteiza

 

El gas acumulado en el subsuelo crea chimeneas que los locales encienden con fuego en mitad del mar. / Luis García Oteiza

El gas acumulado en el subsuelo crea chimeneas que los locales encienden con fuego en mitad del mar. / Luis García Oteiza

Alfonso Reca

Periodista vocacional. Viajero empedernido. Y viceversa. Le gusta llevar la contraria, lanzarse en bomba a las piscinas y usar calcetines de rayas. Foodie con úlcera, cata vinos al por menor y mal cantante.

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